
Somos una parábola. Tanto subes, tanto bajas. Tan profundo y volverá flotando a su superficie. De donde todo nace. A donde todo llega.
Venimos de una materia común y se nos llama a servir, con una función que jamás conoceremos, y con una suerte común. Así que suena un tanto ridículo penar ausencias, pues impiden que prestemos la debida atención a los hermanos presentes. Al igual que no lloramos cuando perdemos la vida en un videojuego, aunque con la óptica precisa, podría tratarse de un acontecimiento potencialmente triste, (al menos para PIXAR) En esencia, la muerte es distensión, paz. Ni siquiera existe desde una perspectiva subjetiva. Es como la adolescencia. Sólo existe en quien contempla al adolescente. Éste ni se entera. O la vejez. ¿Acaso creéis que los ancianos no son niños? Así, como las etapas de la vida, suceden sin remedio y casi sin darnos cuenta, así hay que contemplar la muerte. La muerte de uno mismo. Y esa es la llave para entender.