miércoles, 12 de agosto de 2015

Quid pro quo


El depredador ha encontrado su presa. Todo el cuerpo se ha tensado, la respiración más silenciosa, se convierte en aire. El salto es perfecto.
A ella se le ha puesto el corazón al límite y antes de preguntarse qué pasa ya está corriendo en una dirección. Pánico. La adrenalina triplica las fuerzas: la velocidad.
Él se acerca a ese mismo estado de hiperventilación y sólo su objetivo existe ya en su mente. Le inquieta sobremanera la falta de control, porque cuanto más cerca está, más miedo tiene. Esto no cuadra en nuestras torpes mentes, pero así sucede.
Justo en el instante en que se abalanza sobre ella, si detenemos el tiempo, tienen ambos el mismo miedo. Y de esta manera se perdonan mutuamente. Y se funden.